El sobrepeso y la obesidad están considerados como los principales problemas de la salud pública del mundo moderno, tanto por su creciente difusión como por las graves consecuencias patológicas que comportan.

Las nuevas costumbres alimentarias y un estilo de vida sedentario han contribuido a este aumento del sobrepeso, favorecido por la predisposición genética a crear reservas de grasa debida a las condiciones en las que ha tenido lugar la evolución de la especie humana.

Nuestra especie se ha desarrollado en situaciones de ausencia de comida y esto ha favorecido genéticamente la capacidad de acumular reservas, dado que en aquellas condiciones resultaba más ventajosa que la capacidad de eliminar el desequilibrio energético entre una ingesta de calorías excesiva y una reducida actividad física.

La raíz de este desequilibrio se encuentra en los cambios experimentados por la sociedad con el crecimiento económico, la modernización, la urbanización y la globalización de los mercados alimentarios.

La alimentación se ha modificado aumentando el consumo de alimentos de alta densidad energética desprovistos de fibras y con un mayor porcentaje de grasas saturadas y azúcares refinados.

Al mismo tiempo la disminución del esfuerzo físico en el trabajo, el transporte automatizado, la tecnología doméstica y el sedentarismo durante el tiempo libre han comportado una drástica reducción de la actividad física.