Cuanto más brusco es el incremento de la glucemia después de una comida, tanto mayor es la liberación de insulina que determina un repentino descenso de los niveles de glucosa hasta valores incluso inferiores a los de partida.

Esto tiene dos consecuencias:

  1. Gran parte de la glucosa no es utilizada, sino que se acumula inmediatamente bajo forma de grasas en el tejido adiposo;
  2. Un regreso demasiado rápido a niveles de glucemia bajos provoca una situación de carencia de carburante para el organismo, por lo que determina una sensación de apetito que lleva a consumir más alimentos.

De este modo acaba por crearse una condición paradójica: la ingestión de un exceso de «glucosa» determina un rápido secuestro de la misma bajo forma de depósito de grasa, mientras que la carencia de carburante que deriva de esta situación estimula el apetito provocando una ingestión alimentaria adicional de recursos energéticos.